Hace muchos, muchos años, hubo un año en La Casa de Mamá en el que todo parecía salir mal.
Los huéspedes dejaron de llegar, la cosecha se secó y, cuando creían que ya nada más podía torcerse, se rompió la piscina.
Así llegó la noche de difuntos.
En la despensa solo quedaban unas castañas, un puñado de higos secos y una botella de anís. Con aquello prepararon la cena y se sentaron alrededor de la mesa.
Al principio comieron en silencio. Después, entre el crujir de las cáscaras y algún pequeño sorbo de anís, comenzaron a recordar a quienes ya no estaban. Sus historias, sus manías, sus bromas. Y aquella costumbre de asegurar que, por muy malas que vinieran las cosas, siempre acabarían arreglándose.
Fue entonces cuando se encendieron las dos velas que descansaban sobre la mesa.
Primero una. Después la otra.
Nadie había acercado una cerilla.
Se miraron sin decir nada. Luego miraron las llamas, que ardían serenas, aunque por la ventana entraba el aire de la noche.
Y, sin que nadie lo propusiera, hicieron un poco de sitio alrededor de la mesa.
La sobremesa se alargó hasta bien entrada la madrugada. Por primera vez en muchos meses, nadie habló de lo mal que iban las cosas.
Cuentan que, desde aquella noche, la suerte cambió. Los huéspedes volvieron, la siguiente cosecha fue buena y hasta la piscina encontró quien supiera arreglarla.
Desde entonces, cada noche de difuntos, en La Casa de Mamá se cena lo mismo: castañas, higos secos y un poquito de anís. Se colocan dos velas sobre la mesa y se recuerda a quienes compartieron tantas noches alrededor de ella.
Dicen que la mala suerte nunca volvió.
Y, por si acaso, nunca han dejado de preparar aquella cena.
